“FUNCIONES EJECUTIVAS E INTOLERANCIA A LA INCERTIDUMBRE EN UNA MUESTRA DE ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DE LIMA - METROPOLITANA” TESIS PARA OPTAR EL GRADO DE MAESTRO EN PSICOLOGÍA CLÍNICA CON MENCIÓN EN NEUROPSICOLOGÍA LUZ ALICIA POMAHUACRE CARHUAYAL LIMA – PERÚ 2023 ASESOR DE TESIS Dr. Giancarlo Ojeda Mercado JURADO DE TESIS Mg. Cecilia Patricia Castro Chavarry PRESIDENTE Mg. Adriana Basurto Torres VOCAL Dr. Alberto Agustín Alegre Bravo SECRETARIO DEDICATORIA A mi hermano, modelo de dedicación y amor al trabajo, quien con su ejemplo y apoyo hizo posible la realización de esta investigación. AGRADECIMIENTOS A mi madre e hijo, quienes con su esfuerzo y comprensión han contribuido a que este estudio sea una realidad. A cada uno de los participantes, quienes decidieron de manera voluntaria ser parte de este estudio. FUENTES DE FINANCIAMIENTO Recursos propios. TABLA DE CONTENIDOS RESUMEN ABSTRACT I. INTRODUCCIÓN 1 GUÍA DE ABREVIATURAS Y PALABRAS TÉCNICAS 3 II. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMAS 2.1. Identificación del problema 5 2.2. Justificación e importancia del problema 12 2.3. Limitaciones del problema 13 2.4. Objetivos de investigación 13 2.4.1 Objetivo general 13 2.4.2. Objetivos específicos 13 III. MARCO TEÓRICO 3.1. Aspectos conceptuales pertinente 15 3.1.1. Funciones ejecutivas (FE) 15 I. Definición de FE 15 II. Bases neuroanatómicas y neurobiológicas de las FE 20 III. Desarrollo de las FE 25 IV. Evaluación neuropsicológica de las FE 26 3.1.2. Intolerancia a la incertidumbre (II) 29 I. Definición de II 29 II. Bases neuroanatómicas y neurofisiológicas de la II 31 III. La II como un proceso transdiagnóstico 33 IV. Evaluación de la II 35 3.1.3 FE e II en estudiantes universitarios 39 I. FE en estudiantes universitarios 40 II. II en estudiantes universitarios 42 III. FE e II según sexo 43 IV. FE e II según grupo etario 45 V. FE e II según gestión educativa 47 3.2. Antecedentes de estudio 48 3.2.1. Investigaciones internacionales 48 3.2.2. Investigaciones nacionales 53 3.3. Definiciones conceptuales y operacionales de variables 56 3.3.1. Funciones ejecutivas 56 3.3.2. Intolerancia a la incertidumbre 57 3.4. Hipótesis 58 3.4.1. Hipótesis general 58 3.4.2. Hipótesis específicas 58 IV. METODOLOGÍA 4.1. Nivel y tipo de investigación 59 4.2. Diseño de investigación 59 4.3. Población y muestra 59 4.3.1. Descripción de la población 59 4.3.2. Descripción de la muestra y método de muestreo 59 4.3.3. Criterios de inclusión y exclusión 61 4.4. Instrumentos 61 4.4.1. Ficha sociodemográfica 61 4.4.2. Escala EFECO para evaluar FE en formato de auto-reporte 62 4.4.3 Escala de II (EII) 64 4.4.4. Prueba piloto 67 4.5. Procedimiento 67 4.6. Consideraciones éticas 68 4.7. Plan de análisis de datos 69 V. RESULTADOS 71 VI. DISCUSIÓN 84 VII. CONCLUSIONES 94 VIII. RECOMENDACIONES 95 IX. REFERENCIAS 96 X. ANEXOS ÍNDICE DE TABLAS Pág. Tabla 1 Desarrollo secuencial de las FE 25 Tabla 2 Matriz de operacionalización de variables 57 Tabla 3 Fuerza de la correlación según los Lineamientos de Cohen 70 Tabla 4 Análisis estadístico de las variables de estudio 71 Tabla 5 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II 72 Tabla 6 Coeficiente de correlación de Spearman FE e II en estudiantes mujeres 79 Tabla 7 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II en estudiantes varones 79 Tabla 8 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II en estudiantes menores de 25 años de edad 80 Tabla 9 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II en estudiantes de 25 a más años de edad 81 Tabla 10 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II en estudiantes de universidades con gestión pública 81 Tabla 11 Coeficiente de correlación de Spearman entre FE e II en estudiantes de universidades con gestión privada 82 ÍNDICE DE FIGURAS Pág. Figura 1 Vista lateral del lóbulo frontal 22 Figura 2 Vista ventral (orbital) del lóbulo frontal 23 Figura 3 Vista medial del lóbulo frontal 23 Figura 4 Frecuencia de niveles en FE 73 Figura 5 Frecuencia de niveles en las subescalas de FE 74 Figura 6 Frecuencia de niveles en II 75 Figura 7 Frecuencia de niveles en las dimensiones de II 76 RESUMEN El estudio buscó conocer el vínculo entre las funciones ejecutivas y la intolerancia a la incertidumbre en estudiantes de Psicología en Lima-Metropolitana. Participaron 386 estudiantes de ambos sexos y mayores de edad. Fue descriptivo- correlacional y transversal, con diseño no experimental. Se utilizaron una ficha sociodemográfica, el formato de autorreporte de la Escala EFECO para evaluar funciones ejecutivas y la Escala de intolerancia a la incertidumbre (EII). Los hallazgos evidencian que existe una correlación alta y negativa entre las dos variables de investigación, siendo esta r=-.69. De igual manera, se hallaron correlaciones altas y negativas al analizar la muestra según sexo, grupo etario y tipo de institución educativa. Palabras clave: funciones ejecutivas, corteza prefrontal, intolerancia a la incertidumbre, neuropsicología, universitarios. ABSTRACT The study sought to determine the link between executive functions and intolerance to uncertainty in psychology students in Lima-Metropolitan Lima. A total of 386 students of both sexes and of legal age participated in the study. The study was descriptive-correlational and cross-sectional, with a non-experimental design. A sociodemographic form, the self-report format of the EFECO Scale to evaluate executive functions and the Intolerance to Uncertainty Scale (EII) were used. The findings show that there is a high and negative correlation between the two research variables, being this r=-.69. Similarly, high and negative correlations were found when analyzing the sample according to sex, age group and type of educational institution. KEY WORDS: executive functions, prefrontal cortex, intolerance to uncertainty, neuropsychology, university students. 1 I. INTRODUCCIÓN Las consecuencias negativas en el bienestar psicológico de la población en general debido a la COVID-19, han puesto en evidencia la importancia de contar, a nivel personal, con factores protectores para hacer frente de manera adecuada a las circunstancias ambientales y así evitar consecuencias devastadoras en la salud mental. Aunque la población de alto riesgo de mortalidad fueron los adultos mayores y personas inmunodeprimidas, a nivel de la salud mental, un grupo joven de sujetos se vieron afectados en gran medida, estos fueron los estudiantes universitarios, quienes en los estudios realizados durante los meses de pandemia y confinamiento social han reflejado niveles moderados y elevados de estrés, ansiedad y depresión, probablemente porque el contexto de incertidumbre general estaba afectando su preparación profesional. Estudios como el de Sandín et al. (2020) han dejado en evidencia que una variable que puede explicar los niveles ansiosos y depresivos elevados en estudiantes universitarios es la intolerancia a la incertidumbre. Dicha variable ha sido denominada como una variable transdiagnóstico para cuadros de ansiedad y depresión. La necesidad de contribuir a la adecuada formación de los futuros profesionales, a través del fortalecimiento de sus recursos personales de afronte a las situaciones de incertidumbre, nos lleva a buscar alternativas de prevención y solución, por tal motivo, se propone observar a nuestros estudiantes universitarios desde una perspectiva neuropsicológica, y así establecer un sustento teórico adicional a los programas de prevención y rehabilitación. La presente investigación apuntó a conocer las funciones ejecutivas y los niveles de intolerancia a la incertidumbre en estudiantes universitarios e identificar 2 la relación existente entre estas variables, y para su presentación se ha organizado el contenido en capítulos de la siguiente manera: En el apartado II se detalla el planteamiento del problema, en donde se describe el contexto en el que ocurre el fenómeno de interés. Asimismo, se enuncia la pregunta y objetivos que guiaron la investigación. El marco teórico es expuesto en el apartado III, incluyendo tanto la revisión de los aspectos conceptuales relevantes al estudio como el registro de investigaciones previas relacionadas a las variables de investigación. En el apartado IV se aborda la metodología utilizada en el estudio, describiendo aspectos relacionados con la investigación en sí, como el tipo, diseño y nivel de investigación. Además, se describen las unidades de análisis y el mecanismo de selección. Asimismo, se incluyen los instrumentos a aplicar, el procedimiento a seguir para la recolección de datos y las consideraciones éticas. En el apartado V se exponen los resultados estadísticos de la investigación, sobre el análisis de cada variable por separado, pero principalmente a cerca de la relación entre las variables de estudio. La discusión de los resultados se presenta en el apartado VI. Finalmente, en capítulo VII y VIII se detallan las conclusiones y recomendaciones. 3 GUÍA DE ABREVIATURAS Y PALABRAS TÉCNICAS ABREVIATURAS CCA: Corteza cingulada anterior COF: Corteza orbitofrontal CPF: Corteza prefrontal CPFA: Corteza prefrontal anterior CPFDL: Corteza prefrontal dorsolateral CPFM: Corteza prefrontal medial CPFVM: Corteza prefrontal ventromedial EII: Escala de intolerancia a la incertidumbre FE: Funciones ejecutivas II: Intolerancia a la incertidumbre OMS: Organización Mundial de la Salud OPS: Organización Panamericana de la Salud 4 PALABRAS TÉCNICAS Evaluación neuropsicológica: Procedimiento con fines diagnósticos del cerebro y su funcionamiento, y que no es brindada por diferentes métodos, como el electroenfalograma, la resonancia magnética y la tomografía computarizada. Funciones ejecutivas: Orden superior de destrezas cognitivas que posibilitan la adecuación al ambiente social y están asignadas a los lóbulos prefrontales. Intolerancia a la incertidumbre: Propensión a la sobrestimación de la probabilidad de aparición de una situación negativa que se asume como amenazadora e inaceptable. Programa estadístico JAMOVI: Programa gratuito para realizar cálculos estadísticos. 5 II. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA 2.1. IDENTIFICACIÓN DEL PROBLEMA El Coronavirus 2019 (COVID-19), como enfermedad, emergió en Wuhan (China) en diciembre del año 2019 y se amplió mundialmente. El brote de esta enfermedad fue anunciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), a inicios del 2020, como de importancia mundial al ser una emergencia relacionada a la salud pública. En marzo del mismo año, esa misma institución le acuñó la denominación de pandemia (Organización Panamericana de la Salud -OPS-, 2020). Esta caracterización se dio debido a que la enfermedad se había extendido a todos los continentes y afectado a un gran número de personas. La OMS reportó al 3 de mayo de 2020 3 435 894 casos y 239 604 fallecimientos. En el Perú, el diagnóstico número uno de COVID-19 fue oficialmente corroborado el 6 de marzo de 2020. Entre los mandatos gubernamentales se destacó la declaración de una Emergencia Sanitaria nacional por 90 días calendarios a través del DS N°008-2020-SA. En el mismo sentido, mediante el DS N°044-2020-PCM, se anunció, en todo el país, un Estado de Emergencia y se dispuso 15 días calendario de reclusión social forzosa (El Peruano, 2020). A estas medidas iniciales les prosiguió una serie de prórrogas debido al inclemente aumento de casos diagnosticados de COVID-19 a nivel nacional. Hasta octubre de 2020, se habían confirmado 821 564 casos positivos y 32 609 fallecidos (Sala situacional COVID-19 Perú, 2020). En octubre de 2022 fue derogado el último decreto supremo promulgado debido a las circunstancias en la vida y salud en las personas debido a la COVID- 19. El avance en la vacunación, la disminución de los casos positivos, la disminución de pacientes internados y la disminución de fallecidos conllevó a esta 6 resolución (DS N°130-2022-PCM, 27 de octubre de 2022). Sin embargo, el estado de emergencia sanitaria fue prorrogado hasta febrero de 2023, así que muchas de las medidas restrictivas persistieron (DS N°015-2022-SA, 17 de agosto de 2022). La crisis producto de la COVID-19 ha sido de tal magnitud que resalta por sobre todo la incertidumbre. El no contar con procedimientos sanitarios eficaces para combatir la enfermedad, el desconocimiento de cuán vigentes serían las indicaciones de distanciamiento social y de la magnitud del impacto a nivel económico, social y sanitario, aumentó la incertidumbre (Johnson et al., 2020). Al respecto, Büchi (2020) señaló que el desconocimiento del alcance del COVID-19 imposibilitó visualizar el fututo con cierto grado de certeza, pudiendo solo imaginar posibles escenarios, los cuales a su vez fueron muy complejos de llevar a cabo. Diversas investigaciones dejaron en evidencia las secuelas psicológicas de la COVID-19 y del aislamiento social. Así, por ejemplo, un estudio en China mostró afectaciones psicológicas entre moderadas y severas en un 53,8% de las personas evaluadas, quien en su mayoría fueron estudiantes universitarios (Johnson et al., 2020). De igual manera, Ozamiz-Etxebarria et al. (2020) encontraron que ante el aislamiento social impuesto como mandato preventivo frente al avance de la COVID-19 y la amenaza de contraer la enfermedad, los casos ansiosos, depresivos y de estrés aumentaron, ensañándose con la población de riesgo, un dato esperable para los autores; sin embargo, tomó de sorpresa que se encontraran medias superiores de esos casos en los más jóvenes, de 18 a 25 años, seguidos de personas de 26 a 60 años. Debido a que los participantes más jóvenes fueron estudiantes, atribuyeron estos resultados al estrés añadido por las dificultades de adaptación a un entorno virtual educativo. En este escenario, Johnson et al. (2020) efectuaron un 7 análisis de contenido con el fin de examinar las expectativas y los sentimientos de la población chilena joven y adulta respecto a la COVID-19, pudiendo resaltar que la incertidumbre fue la variable más relevante que apareció en su estudio, la cual está relacionada a un sentimiento de preocupación debido a que se encontraban en una situación incierta, no definida y con imposibilidad de planificación y, por otro lado, está preocupación estuvo vinculada a las secuelas económicas y sociales debido al distanciamiento social. El efecto en la salud mental de la COVID-19 en los jóvenes estudiantes, quienes deben hacer frente a demandas adicionales relacionadas a su desarrollo profesional, social y laboral, saca a relucir una variable asociada a la incertidumbre. Si bien todos experimentamos la incertidumbre, para algunas personas, el manejo de la misma es más difícil. Así, por ejemplo, para algunos sujetos la incertidumbre de los eventos a futuro es percibida como algo negativo, estresante o aversivo (Grupe y Nitschke, 2013). Dugas, Laugesen y Bukowski, en Patrick (2016), hallaron que las personas con mayores niveles de Intolerancia a la Incertidumbre (II, de aquí en adelante) tienden a percibir sucesos o estímulos futuros inciertos o ambiguos como más amenazantes, generando así una preocupación excesiva. La II se encuentra asociada a otras variables psicológicas y emocionales. Sarmiento (2019) estudió en una muestra de adultos, con promedio de edad de 33.46 años, la correlación entre el bienestar psicológico y la II y encontró que se correlacionan negativamente. Por su parte, Rovella et al. (2011) hallaron que la preocupación-rasgo contribuye de manera importante a la II desde su factor de desconcierto e imprevisión en adultos de 18 a 74 años con diversos niveles de estudio. La II está estrechamente asociada con el trastorno de ansiedad generalizada 8 (TAG), sin embargo, evidencia actual indica que puede constituir un elemento presente en los trastornos emocionales en general (Boswell et al., 2013). Así, Toro et al. (2018) encontraron que altos niveles de II se correlacionan positivamente con la depresión y la ansiedad en sujetos entre 18 y 64 años, siendo la mayoría con educación superior y secundaria. En el contexto actual, Sandín et al. (2020) describieron el impacto emocional debido al COVID-19 a través de miedo, problemas de sueño y síntomas afectivos, siendo la II uno de los más importantes predictores del impacto junto con la exposición a los medios de comunicación. Por otro lado, se conoce que un desarrollo satisfactorio a nivel cognitivo permitirá una adecuada adaptación al medio social y un apropiado afrontamiento a los desafíos del ambiente (Hauser et al., 2014). Las destrezas cognoscitivas de mayor complejidad que favorecen el ajuste al medio se relacionan a las estructuras de los lóbulos frontales. Dentro de las funciones acuñadas a los lóbulos frontales, específicamente a la corteza prefrontal, se encuentran las denominadas Funciones Ejecutivas (FE, de aquí en adelante). Anatómicamente, se ha identificado a la corteza prefrontal (CPF, de aquí en adelante) como la sede de estas funciones de alto rango, sin embargo, investigaciones recientes, más aún las derivadas de las neuroimágenes, han demostrado que estas funciones no están confinadas a la CPF (Carmona y Moreno, 2013). Un adecuado desarrollo de las FE permite la adaptación y la capacidad de dar respuestas exitosas a situaciones nuevas y/o complejas, de las cuales se carece experiencia previa (Portellano y García, 2014). Diversos procedimientos de neuroimágenes funcionales han corroborado que las FE finalizan su desarrollo entre los 20 y 30 años, de manera paralela a las modificaciones 9 neuroanatómicas de la CPF (Portellano y García, 2014). Para Flores y Ostrosky- Shejet (2012), entre los 12 y 15 años se alcanza el máximo nivel de desempeño. Las FE participan en la regulación y coordinación de otros procesos relacionados a otras regiones cerebrales, incluyendo las reacciones emotivas (Schmeichel y Tang, 2013, en Andrés et al., 2016). Así, Andrés et al. (2016) evidenciaron una correlación positiva entre las FE y la capacidad de reevaluación cognoscitiva, siendo esta última una estratégica forma de regular las emociones, constituyendo un factor protector frente a síntomas depresivos en situaciones de alto estrés. Por su parte, Calderón (2013) halló que existe relación entre la depresión y la ansiedad y el control atencional y la capacidad de abstracción en estudiantes universitarios. De igual manera, Langarita-Llorente y Gracia-García (2019) encontraron que los sujetos con TAG tienen un peor desenvolvimiento en atención selectiva, cognición social y FE como: toma de decisiones, memoria de trabajo e inhibición cognitiva. En la literatura reciente se han realizado estudios que evidencia la relación entre la II y la CPF, región asociada a las FE. Grupe y Nitschke (2013), en su modelo de cinco procesos que se relacionan con la medida excesiva en que la ansiedad surge ante la incertidumbre, postulan circuitos neuronales donde intervienen áreas de la CPF, siendo estas: CPF dorsomedial, corteza orbitofrontal, CPF ventromedial y CPF dorsolateral. En cuanto a la asociación entre la II y las FE, se han desarrollado investigaciones que han vinculado a la tolerancia/II con alguna FE en específico. Por ejemplo, Kornilov et al. (2015) sostienen que la tolerancia y la II son rasgos que potencialmente se relacionan con en el rendimiento de tareas de toma de decisiones online. 10 Partiendo de la información descrita, se realizó una revisión de la literatura enfocada fundamentalmente en estudiantes de educación superior en relación a las FE y la II. En cuanto a las FE, se encontró que a nivel de enunciados teóricos (Molina et al., 2021; Gutiérrez-Ruiz et al., 2020; Flores et al., 2011 y Casey et al., 2000) y empíricos (Vilca, 2021; Wiesholzer, 2021; Pereyra, 2021; Angulo et al., 2020; Gutiérrez-Colina et al., 2020; Lytvyn, 2020; Chico, 2019; Gustavson et al., 2018 y Canales et al., 2017), la información estaba orientada a su abordaje sin especificar las FE. Por otro lado, en cuanto al abordaje específico de estas, se halló pocos estudios, aunque fundamentalmente giraban en torno a dos FE, la flexibilidad cognitiva (Zeynep, 2021 y SeyedPurmand et al., 2022) y la memoria de trabajo (SeyedPurmand et al., 2022). No se halló mayor información de otras FE en relación a la II. Por otro lado, en un nivel más descriptivo, en la literatura se destacó información asociada a los niveles de las FE (Wiesholzer, 2021; Pereyra, 2021; Vilca, 2021; Angulo et al., 2020; Canales et al., 2017) y de la II (Matos y Sánchez, 2022; Koerner y Dugas, 2008). Asimismo, en la revisión de la literatura realizada se encontró información teórica y empírica asociada a la relación de las FE y la II, pero que estaba orientada a diferentes grupos poblacionales, como varones (Ortiz, 2022; Gustavson et al., 2018; Barraza-López et al., 2017) y mujeres (Gutiérrez-Ruiz et al., 2020; Carmona y Moreno, 2013; Schienle et al., 2010; Nitschke et al., 2009). Otros grupos poblacionales cuya información era destacada era la edad y la gestión de la universidad de los estudiantes de educación superior. En relación a la edad, se destacaron estudios de asociación de las FE y la II en el que se podía diferenciar aquellos con información ligada a estudiantes que tenían menos de 25 años de edad 11 (Gutiérrez-Colina et al., 2020; López-Cárdenas y Ramos-Galarza, 2020; Zapata, 2018) y otro grupo de más de 25 años (Çutuk, 2021; Eidman et al., 2020; Vasic et al., 2008). En cuanto a la gestión, se encontró información que asociaba las FE y la II en aquellas instituciones superiores con gestión pública (Gutiérrez-Colina et al., 2020; Visu-Petra et al., 2013), y, por otro lado, aquellos con gestión privada (Cutuk, 2021; Zapata, 2018). Ante lo descrito, esta investigación se interesó por ir más allá de la problemática con la COVID-19, ya que se considera imprescindible incrementar los conocimientos sobre la II y las FE en jóvenes universitarios, ya que ambos constituyen variables asociadas al bienestar psicológico, emocional y social de esta población, y así puedan hacer frente a las demandas ambientales. Asimismo, se busca conocer qué relación hay entre los constructos de investigación. Por todo lo expuesto, se enuncia la pregunta general de investigación: ¿Cuál es la relación que existe entre las FE y la II en una muestra de estudiantes universitarios de Lima- Metropolitana? Mientras que las preguntas específicas fueron: 1) ¿Cuál es el nivel de las FE en la muestra de investigación? 2) ¿Cuál es el nivel de II predominante en la muestra de investigación? 3) ¿Cuál es la relación que existe entre las FE y la II en las estudiantes mujeres de la muestra de estudio? 4) ¿Cuál es la relación que existe entre las FE y la II en los estudiantes varones de la muestra de estudio? 5) ¿Cuál es la relación entre las FE y la II en los estudiantes menores de 25 años de edad de la muestra de estudio? 6) ¿Cuál es la relación entre las FE y la II en los estudiantes de 25 a más años de edad de la muestra de estudio? 7) ¿Cuál es la relación entre las FE y la II en los estudiantes de universidad con gestión pública 12 de la muestra de estudio? 8) ¿Cuál es la relación entre las FE y la II en los estudiantes de universidad con gestión privada de la muestra de estudio? 2.2. JUSTIFICACIÓN E IMPORTANCIA DEL PROBLEMA El estudio adquiere importancia social, ya que, con base en los resultados sobre la relación entre las variables de estudio, al intervenir a nivel de las FE se contribuiría en la reducción de la incidencia de trastornos emocionales asociados a la II en una población joven, que se encuentra en pleno desarrollo profesional, y así evitar truncar su desarrollo personal y su futuro laboral. Asimismo, el estudio adquiere relevancia debido a sus implicaciones prácticas, ya que al conocer la situación psicológica y cognitiva concreta de este grupo de jóvenes universitarios se pueden elaborar programas de estimulación y/o rehabilitación de las FE dirigidos a dicho grupo, las cuales podrían ser aplicadas dentro de las universidades como en centros de salud mental. De igual manera, la investigación contribuye teóricamente a la investigación en estudiantes universitarios, ya que aportará mayor conocimiento respecto a las FE y la II en dicha población, además de la información que derivará de la correlación de las dos variables de estudio. Además, metodológicamente adquiere relevancia, ya que gracias al uso de instrumentos como el formato de autorreporte de la Escala EFECO para valorar FE y la Escala de II en estudiantes universitarios, podrían ser usados como referencias en posteriores investigaciones en poblaciones con rasgos similares. 13 2.3. LIMITACIONES DE LA INVESTIGACIÓN Existen algunas limitaciones inherentes al presente estudio, las cuales se describen a continuación: - Una de las principales limitaciones es que, debido a las características de la muestra, ya que, al tratarse de una muestra no probabilística, los resultados no pueden generalizarse a nivel poblacional. - Se debe tener en cuenta que la recolección de información se efectuó con instrumentos de autorreporte virtual, por lo que para venideros estudios podría realizarse la aplicación presencial de instrumentos y, así, tener un control mayor. 2.4. OBJETIVOS DE LA INVESTIGACIÓN 2.4.1. Objetivo general. Conocer la relación entre las FE y la II en una muestra de estudiantes universitarios de Lima-Metropolitana. 2.4.2. Objetivos específicos. 1. Identificar el nivel de FE según el formato de autorreporte de la Escala EFECO para valorar las FE en la muestra de estudio. 2. Identificar el nivel de II predominante en la muestra de investigación. 3. Identificar la relación entre las FE y la II en las estudiantes mujeres de la muestra de estudio. 4. Identificar la relación entre las FE y la II en los estudiantes varones de la muestra de estudio. 5. Identificar la relación entre las FE y la II en los estudiantes menores de 25 años de edad de la muestra de estudio. 14 6. Identificar la relación entre las FE y la II en los estudiantes de 25 a más años de edad de la muestra de estudio. 7. Identificar la relación entre las FE y la II en los estudiantes de universidad con gestión pública de la muestra de estudio. 8. Identificar la relación entre las FE y la II en los estudiantes de universidad con gestión privada de la muestra de estudio. 15 III. MARCO TEÓRICO 3.1. ASPECTOS CONCEPTUALES PERTINENTES 3.1.1. Funciones ejecutivas. I. Definición de FE. Al lidiar con labores que ya han sido realizadas o que, siendo nuevas, no tienen mayor exigencia, el cerebro se activa en menor medida debido a que esas condiciones descritas favorecen que se ejecute la actividad sin mayor problema; sin embargo, frente a situaciones novedosas y más elaboradas, la activación del cerebro es más compleja, por ello, se requiere de un rector para que coordine las acciones y así lograr el objetivo, siendo este rector las FE (Portellano y García, 2014). La CPF ha sido considerada sede de las FE por mucho tiempo, sin embargo, investigaciones recientes, evidencian que estas funciones no están limitadas al lóbulo frontal. Estos estudios sustentan que es la combinación de varios sistemas cerebrales interrelacionados lo que facilita la flexibilidad de la conducta y que se dirija a la obtención de los fines perseguidos (Carmona y Moreno, 2013). El mérito de la conceptualización de las FE, se lo debemos a Alexander Luria, término acuñado por Joaquín Fuster y socializado por Muriel Lezak (Portellano y García, 2014). Lezak definió a las FE como capacidades necesarias para ejecutar una conducta eficaz, creativa y socialmente aceptada (Tirapu, 2011). Portellano y García (2014) indican que las FE son un sistema que es capaz de controlar, supervisar y regular eficientemente el comportamiento, pudiendo traducir los pensamientos en acciones, planes y decisiones concretas. Debido a que las FE cubren procesos muy variados, se ha dificultado llegar a un consenso respecto a su definición, sin embargo, todas comparten la idea central 16 de que esta es de vital relevancia en el control de conductas que, de otra forma, se ejecutarían de manera más o menos automática. Sin las FE, el comportamiento de las personas tendería a ser mera actividad refleja y se respondería de forma estereotipada e inflexible a los estímulos del entorno (Carmona y Moreno, 2013). Portellano y García (2014) destacan tres características en las FE: (a) capacidad para ejecutar con éxitos tareas dirigidas a una meta, para lo cual se requiere poner en práctica diversas estrategias (evaluar entre varios objetivos, seleccionar y decidir el objetivo, preparar el plan de acción, ser consciente de poseer las habilidades para llevar a cabo el proceso, programar las fases intermedias, mantener el plan de acción mentalmente, ejecutar la acción y disponer de las capacidades necesarias, evitar las distracciones, ser flexible para el cambio de plan si se amerita, prever consecuencias, poder gestionar la autorregulación y evaluación de las acciones, confirmar la consecución de las metas y si ha existido algún fallo, y preparar otro plan si no se ha logrado el objetivo), (b) capacidad para dar solución a problemas complejos sin un respuesta previamente aprendida, es decir, en las tareas rutinarias no se activan las FE, y (c) capacidad de adaptación y de poder dar respuesta a novedosas situaciones, sin experiencia previa. Como se ha señalado, no hay claridad en la definición de las FE, ya que en esta intervienen variados procesos que no se han logrado especificar con amplitud, ni conceptualmente ni metodológicamente (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Algunos de estos procesos desarrollados en la literatura son descritos en los párrafos siguientes. La Planificación es entendida como la pericia en la determinación, selección y organización de los pasos que se necesitan para alcanzar una meta (Portellano y 17 García, 2014). Por su parte, Ramos y Pérez-Salas (2015) la definen como la habilidad humana para desarrollar un plan de acción dirigido a alcanzar un objetivo. Por ello, las actividades planificadas son las más productivas del hombre. Mediante estudios de neuroimagen se ha hallado que áreas de la CPFDL se encuentran asociadas en la planificación (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Por su parte, el Control inhibitorio se define como la capacidad de suprimir de manera activa los datos no relevantes o aquellas automatizaciones de la conducta que entorpecen la eficaz realización de una actividad (Portellano y García, 2014). Mediante estudios de neuroimagen se ha determinado que la CPF retrasa las respuestas impulsivas creadas en otras áreas cerebrales, regulando así la conducta y la atención, así evidencia una mayor activación cuando existe una mayor interferencia atencional, frente a lo cual la CPF inhibe la respuesta impulsiva, regula las opciones de respuesta, permite la activación de la representación adecuada que llevará a una respuesta correcta, para finalmente, inhibir esta última respuesta cuando ya no sea necesaria (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Con respecto a la Monitorización, entendemos que hace referencia a la pericia en la supervisión y verificación de la eficacia de la conducta y de la cognición dirigida a una meta (Ramos-Galarza et al., 2017), incluyendo juicios de conocimiento, juicios de aprendizaje y juicios de compresión (Flores y Ostrosky- Shejet, 2012). Así, la monitorización forma parte de las funciones ejecutivas de autorregulación del comportamiento (Ramos y Pérez-Salas, 2015). Con respecto a la Regulación emocional, esta se define como la capacidad de control de las respuestas emocionales y que estas se adecúen a diversas situaciones donde interactúan las personas (Ramos-Galarza et al., 2017). Al igual 18 que la monitorización, la regulación emocional constituye una de las funciones ejecutivas de autorregulación del comportamiento (Ramos y Pérez-Salas, 2015). Acerca de la Organización de materiales, es entendida como la pericia en el ordenamiento y la disponibilidad de las diversas herramientas que viabilizan el éxito en la ejecución de una labor (Ramos-Galarza et al., 2017). Constituyendo así una de las funciones ejecutivas de metacognición, ya que contribuye a la toma de conciencia sobre las capacidades cognitivas personales (Ramos y Pérez-Salas, 2015). Por lo que se refiere a la Flexibilidad cognitiva, la entendemos como la capacidad para emitir respuestas pertinentes a determinado evento, desarrollando novedosos patrones conductuales y facilitando la inhibición y alternancia de aquellas conductas que no son adecuadas a la situación específica (Portellano y García, 2014). Esta función esta sólidamente relacionada con la CPFDL izquierda, específicamente, el giro frontal medio (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Por otra parte, la Memoria de trabajo se define como la pericia en el uso de una memoria limitada y mantiene y almacena información temporalmente, siendo un sistema que subyace a los procesos del pensamiento humano (Baddeley, 2003), además en esta memoria, aparte de producirse un almacenamiento temporal, también “se produce un procesamiento activo de la información (manipulación) que puede mantenerse durante cierto tiempo para realizar un acción o una serie de acciones, o resolver problemas” (p. 9), lo cual hace contraste con otra perspectiva pasiva de solo servir como un depósito de información a corto plazo (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). 19 Finalmente, la Iniciativa es la habilidad de poder llevar a cabo una conducta sin que esta esté mediada por un mandato interno o externo a la persona (Ramos- Galarza et al., 2017). La iniciativa es una función ejecutiva de metacognición, ya que contribuye a la toma de conciencia sobre las capacidades cognitivas personales (Ramos y Pérez-Salas, 2015). En cuanto a los modelos teóricos de las FE, existen diversos modelos explicativos sobre las mismas que han prestado mayor o menor interés en determinados componentes, siendo estas (Portellano y García, 2014): 1. Sistema de supervisión atencional 2. Marcador somático 3. Modelo de Stuss y Benson 4. Memoria de trabajo y funciones ejecutivas 5. Funciones ejecutivas e inteligencia 6. Modelos factoriales En cuanto a este último grupo de modelos, se han propuestos diversos modelos de análisis factorial con el objetivo de explicar los componentes de las FE, siendo el de Miyake y col. en 2000 el más relevante, donde proponen tres componentes ejecutivos no plenamente independientes: actualización, alternancia e inhibición (Portellano y García, 2014). Estudios más recientes como los de Flores y Ostrosky en 2012 y Portellano y García en 2014, proponen la existencia de por lo menos seis factores: actualización, flexibilidad, inhibición, planificación, toma de decisiones y fluencia (Villegas, 2019). Para la presente investigación, se ha utilizado el modelo propuesto por Ramos-Galarza et al. (2017), el cual se utilizó 20 con el objetivo de analizar la validez del constructo de la escala EFECO. Dicho modelo postula tres sistemas: 1. Sistema supervisor ejecutivo global (incluye: inhibición, flexibilidad cognitiva, control emocional, organización de materiales, monitorización, iniciativa, memoria de trabajo y planificación). 2. Sistema supervisor de la conducta (incluye: flexibilidad cognitiva, control emocional e inhibición. 3. Sistema supervisor de la cognición (incluye: iniciativa, organización de materiales, planificación, monitorización y memoria de trabajo). II. Bases neuroanatómicas y neurobiológicas de las FE El lóbulo frontal humano incluye todo el tejido anterior al surco central. Esta región constituye el 30% al 35% de la neocorteza (Kolb y Whishaw, 2017). Ontogénicamente, la estructura cerebral que es la última en lograr la mielinización axonal es la corteza prefrontal (Carmona y Moreno, 2013). El lóbulo frontal envuelve: a) las posteriores regiones del córtex frontal vinculadas con la ejecución motora (córtex frontal agranular), las áreas que incluyen son 4, 6, 8, 44 y 45 de Brodmann, y b) la CPF (córtex frontal granular) conformada por las áreas 9, 10, 11, 12, 14, 15, 46 y 47 de Brodmann (Ardilla y Roselli, 2007). La corteza motora es responsable del origen de la mayoría de los axones que forman los tractos corticobulbar y corticoespinal (piramidal). El córtex motor consta de: 1) El córtex motor primario, 2) El córtex premotor, 3) El sector motor suplementario, 4) El campo ocular frontal y 5) El área del habla de Broca (Clark et al., 2010). 21 La CPF está constituida por axones que surgen del núcleo talámico mediodorsal (Clark et al., 2010). Carmona y Moreno (2013) nos brindan las siguientes características de la CPF: a) Citoarquitectónicamente, es un mosaico de células de diferentes tipos. Además, no es posible vincular con seguridad una función específica a las diferentes regiones citoarquitectónicas de la CPF, sin embargo, estudios recientes de neuroimagen empiezan a proporcionar información esclarecedora de la localización de patrones de actividad en determinadas partes de la CPF. b) Es el sector de la corteza que tiene mayor conexión con las otras áreas cerebrales, por lo que es quien permite la fluidez de la actividad a través de redes o vías neuronales. También tiene la capacidad de dirección y supervisión de la forma cómo se transmite la información que tiene estimulación externa (corteza sensorial) o interna (regiones cognitivas y/o cognitivas) y que estas lleguen a su objetivo (corteza premotora y motora) y que permitan que se desencadene patrones de actuación específicos que hacen que el individuo pueda direccionar su comportamiento hacia el logro de sus metas. c) Recibe solo aquellas conexiones que proceden de cortezas secundarias motoras y sensoriales, mas no de aquellas que vienen de cortezas primarias. La excepción a esto último está en la corteza prefrontal orbitofrontal, ya que las proyecciones que recibe son de las cortezas primarias, específicamente, de la corteza gustativa, olfativa y somatosensorial. La CPF, en particular la corteza prefrontal dorsolateral, también recibe importantes proyecciones de la región posterior de la corteza parietal. 22 d) Se comunica principalmente con las siguientes estructuras subcorticales: tálamo, hipocampo, la amígdala y el área tegmental ventral. La CPF consta de: 1) La corteza prefrontal dorsolateral (CPFDL, de aquí en adelante), 2) La corteza prefrontal medial (CPFM, de aquí en adelante) y 3) La corteza prefrontal orbitofrontal (COF, de aquí en adelante). Al giro cingulado anterior también lo sirve el núcleo talámico mediodorsal y suele incluirse como parte de la CPF (Clark et al., 2010). La CPFDL, tomando como referencia las áreas de Brodmann, involucra las número 9 y 46 (Kolb y Whishaw, 2017). La CPFDL es el sector más novedoso de la CPF e involucra procesamientos cognitivos más elaborados, tales como las FE de abstracción, planeación, fluidez, solución de problemas complejos, memoria de trabajo, secuenciación y seriación (Stuss y Alexander, 2000), y es la representación del lado “frío” al tomar una decisión (Kerr y Zelazo, 2003). Véase Figura 1. Figura 1. Vista lateral del lóbulo frontal (tomado de Kolb y Whishaw, 2017) La COF corresponde a las áreas 47 y porciones laterales de 11, 12 y 13 de Brodmann (Kolb y Whishaw, 2017). La COF está vinculada con el poder regular las emociones, además de comportamientos socioafectivos, estando asociada con la 23 toma de decisiones con base en la afectividad (Damasio, 1998; citado por Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Véase Figura 2. Figura 2. Vista ventral (orbital) del lóbulo frontal (tomado de Kolb y Whishaw, 2017) La CPFVM corresponde a las áreas de Brodmann con los números 10, 14 y 25, 11, 12 y 13 en sus porciones mediales y 32 en su porción anterior (Kolb y Whishaw, 2017). La CPFM está vinculada al esfuerzo atencional, a la detección, a la solución de conflictos y a la inhibición, así como también a la regulación de la agresividad y de la motivación (Fuster, 2002). Véase Figura 3. Figura 3. Vista medial del lóbulo frontal (tomado de Kolb y Whishaw, 2017) 24 El giro cingulado anterior también recibe conexiones del núcleo talámico mediodorsal y suele incluírsele como parte de la CPF (Clark et al., 2010). Véase Figura 3. Johnson en 2001 (citado por Flores y Ostrosky-Shejet, 2012) señala que posterior al nacimiento aún se mantiene la mielinización y la sinaptogénesis. Los procesos de sinaptogénesis son periodos donde se dan un gran número de sinapsis (Casey et al., 2000). Si bien se ha evidenciado que la génesis de las capacidades cognitivas está vinculada con la aparición de numerosas sinapsis, el desarrollo y cuán complejas son estas, se asocian con la poda (estabilidad) de las sinapsis (Goldman-Rakic, 1987; Goldman-Rakic, Burgeos y Rakic, 1997; citados por Flores y Ostrosky-Shejet, 2012), porque se incrementaría la eficiencia, así como cuán complejo es el proceso cognitivo (Casey et al., 2000). Por su parte, la mielinización de las proyecciones axonales de la CPF continúa incluso más allá de los 20 años (Klingberg, Vaidya, Gabrieli, Moseley y Hedeus, 1999; citados por Flores y Ostrosky-Shejet, 2012), alcanzando el máximo desarrollo hasta los 30 años (Rubia et al., 2001). Son regionales las variaciones relacionadas a la edad de desarrollo del cerebro. Flores y Ostrosky-Shejet (2012) describen teóricamente las secuencias del desarrollo neuronal de los diferentes sectores de la CFP. a) El neurodesarrollo de COF se da siguiendo una secuencia caudal (posterior)-lateral-rostral (anterior), que evidenciaría que las áreas de Brodmann más posteriores obtienen un desarrollo temprano, debido a una habilidad funcional neuronal de inicio más temprano, en comparación con sectores laterales y polares. Proponen edades probables para el neurodesarrollo de la COF: de 5 a 7 años para 25 la región caudal, de 6 a 10 años para las regiones laterales y de 9 a 12 años para las regiones polares. b) La literatura sugiere que el neurodesarrollo de la CPFM y de la CPFDL muestra un progreso rostral-caudal. III. Desarrollo de las FE. Antiguamente se pensaba que las FE se desarrollaban a partir de los 6 años, sin embargo, investigaciones nuevas han dado luz que las habilidades que forman parte de las FE están presentes desde antes de esa edad (Portellano y García, 2014). Diferentes estudios han evidenciado que las FE se hallan desde los 2 años (Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). Procedimientos de neuroimagen funcional han corroborado que las FE finalizan su desarrollo hacia los 30 años, a lo que se le puede decir “cerebro ejecutivo”. Las diversas capacidades que integran las FE se desarrollan de manera paralela a las modificaciones neuroanatómicas de la CPF (Portellano y García, 2014). En base a lo expuesto por Portellano y García (2014), respecto al desarrollo de las FE, se ha elaborado la Tabla 1, donde se exhibe el proceso de las mismas tomando en cuenta los rangos de edad. Tabla 1 Desarrollo secuencial de las FE 0 a 4 años Desarrollo menos intenso, debido a la menor activación y desarrollo de las áreas de asociación. 6m → Puede recordar algunas representaciones simples. 8m → Puede mantener información no visible en línea. 12m → Puede suprimir respuestas dominantes. 18m → Surgen formas simples de control inhibitorio. 2a → Relativo control sobre la conducta. Representación de una regla de forma arbitraria. 3a → Surge la flexibilidad cognitiva y la orientación al futuro. 4a → Surge indicios de la metacognición. 5 a 12 años Desarrollo más intenso. 26 5a → Surge la autorregulación de conducta, pueden establecer objetivos y anticipar eventos sin que medien indicaciones externas. Se mantiene, en cierta manera, la conducta impulsiva y problemas en la programación. 7a → Desarrollo del lenguaje interior, que lleva al surgimiento de la inhibición, la memoria operativa y la flexibilidad cognitiva. 12 a 20 años 12a → Niveles equiparables al adulto en autorregulación e inhibición. 20a → Consolidación de las FE. IV. Evaluación neuropsicológica de las FE. La evaluación neuropsicológica permite alcanzar uno o más de los objetivos siguientes (Ardila y Roselli, 2007): 1. Establecer el procesamiento cognoscitivo del evaluado, como resultado - aunque, no indispensablemente- de algún evento patológico y así establecer su actual estado cognitivo. 2. Explorar la sintomatología presente y ubicar subyacentes patologías. 3. Sugerir intervenciones terapéuticas y para rehabilitar al evaluado. 4. Brindar datos adicionales para establecer un diagnóstico diferencial entre afecciones similares. 5. Sugerir qué trastornos podrían estar presentes por su asociación con la problemática cognitiva encontrada. Para llevar a cabo una evaluación es fundamental tener en cuenta que existen diferencias procedimentales a nivel neuropsicológico cuando se evalúa a un niño y a un adulto. En la niñez, aún está en desarrollo el cerebro, dicho de otra manera, el niño todavía se encuentra adquiriendo y procesando nueva información y habilidades, por lo que su perfil varía constantemente. Por otro lado, el adulto tiene un perfil más estable, estando menos afectado por la edad cronológica (Ardila y Rosselli, 2007). 27 En cuanto a la evaluación de las FE, Portellano y García (2014) refieren que la evaluación de las FE a nivel neuropsicológico es a) irremplazable en pacientes con lesión explícita de la CPF para el nivel de afectación, b) imprescindible en sujetos que presenta alteraciones del funcionamiento ejecutivo debido a dificultades en el LF (trastorno obsesivo compulsivo, esquizofrenia, TDAH, etc.), y c) así también, es recomendable estas funciones en sujetos “sanos” con el fin de reconocer si el sistema ejecutivo evidencia eficiencia. Por su parte, Spikman (2019) nos mencionan que debido a que las dificultades a nivel de las FE se manifiestan de forma heterogénea, una única prueba no capta las dificultades en las FE en su totalidad. Portellano y García (2014) señalan que el estudio neuropsicológico de la FE se puede efectuar de dos formas: neurométrica y clínica. (a) La evaluación clínica hace uso de la exploración cualitativa, que consiste en observar el comportamiento en el momento actual y así determinar qué aspectos están afectados y cuáles conservados, teniendo en cuenta la reserva cognitiva y el estado premórbido. (b) La evaluación neurométrica, por su parte, hace uso de tests psicométricos estandarizados, determinando el grado de afectación en los diversos componentes de las FE al comparar el desempeño del evaluado con datos normativos. En relación con el uso de pruebas estandarizadas para evaluar las FE, se cuenta con múltiples pruebas cuyo desempeño ha sido relacionado a áreas de la CPF como estructura y a las FE como función (Tirapu, 2011) y, más aún, dirigida a población adulta (Portellano y García, 2014). Para llevar a cabo la evaluación neurométrica, Ramos-Galarza et al., (2017) proponen tres metodologías: 28 a. Pruebas específicas, que consisten en tareas experimentales creadas para medir las FE, por ejemplo, el STROOP que evalúa el control inhibitorio. b. Instrumentos psicológicos no específicos, que consisten en diversos tests que no han sido creados con el fin de evaluar las FE, pero aportan al proceso diagnóstico neuropsicológico, por ejemplo, la Escala de inteligencia de Wechsler. c. Instrumentos de observación diferida, los cuales consisten en escalas para observar la conducta asociada a las FE, por ejemplo, la Escala BRIEF y la Escala EFECO. En relación con las pruebas específicas, algunas de las ventajas de esta metodología son: una gran validez interna, contar con baremos para la interpretación y que son excelentes para experimentos de manipulación (Ramos- Galarza et al., 2017). Entre las desventajas, podemos mencionar el poco valor ecológico, ya que “muchos pacientes tienen éxito en las pruebas, pero fracasan en la vida” (Devinski, 1992, en Spikman, 2019). Con respecto a las pruebas no específicas, son ventajosas porque aportan al juicio clínico, ya que evalúan el proceso cognitivo detrás de la ejecución de la tarea. Sin embargo, las desventajas serían la poca validez ecológica y la falta de baremos, ya que solo se cuenta con los de la prueba psicológica (Ramos-Galarza et al., 2017). Finalmente, las pruebas de observación diferida cuentan con la ventaja de superar la baja validez ecológica, ya que pretenden medir los problemas ejecutivos de la prueba cotidiana a través del reporte de los pacientes y/o personas allegadas (Spikman, 2019), siendo ventajosos para el diagnóstico funcional (Ardila y Ostrosky, 2012). Por otra parte, la desventaja sería la influencia subjetiva de la 29 persona quien reporta (Ramos-Galarza et al., 2017) y/o la minimización de las dificultades que el evaluado presenta (Ardila y Ostrosky, 2012). Este tercer tipo de metodología será utilizado para lograr los objetivos del presente estudio, la Escala EFECO para valorar FE en formado de autorreporte y la escala de II. 3.1.2. Intolerancia a la incertidumbre. I. Definición de II. La II como constructo fue propuesto en 1994 por Freeston, Rheaume, Letarte, Dugas y Ladouceur en el contexto del TAG (Pepperdine, et al., 2018). Dugas, Freeston y Ladoucer, en Burbano et al. (2017), definen a la II como un componente capaz de predecir y establecer cuán vulnerable se es ante los trastornos ansiosos, ya que está asociado como un reforzador patológico de la preocupación, siendo también capaz de iniciar problemas depresivos. Asimismo, Koerner y Dugas (2008) refieren que los sujetos con mucha II perciben como estresantes, molestas y nefastas las situaciones inciertas, por tanto, deberían ser evitadas; siendo esta disposición el efecto de un cúmulo de concepciones negativas sobre la incertidumbre y sus consecuencias (Sarmiento, 2019). Sandín et al. (2012) entiende a la II como un patrón más o menos estable de conductas ante eventos percibidos como inciertos. Esta tendencia conlleva a que los sujetos intolerantes a la incertidumbre busquen evitar las situaciones inciertas, además de poseer creencias de que no son capaces de afrontar la ambigüedad y el cambio. Carleton et al. (2012) definen la II como una construcción teórica relativamente amplia que implica respuestas conductuales, emocionales y cognitivas negativas frente a contextos y situaciones inciertas de la vida diaria. 30 Pepperdine et al. (2018) refieren que la II va más allá de ideas pesimistas o una proclividad a percibir amenazas, más bien es una tendencia a la preocupación por los inciertos aspectos de una situación, incluso si la situación está casi desprovista de amenaza, definiendo la II como una tendencia a molestarse o alterarse por aspectos desconocidos de una situación, independientemente de que la posible consecuencia sea negativa o no. Moreno (2009) concibe a la II como la anticipación del individuo frente a diversas situaciones potencialmente amenazantes, que aumenta cuando no se posee herramientas de afrontamiento, asociando la II a estados cognitivos (como pensamientos automáticos y distorsionados) y conductuales (como constante estado de alerta, intranquilidad, alteraciones fisiológicas) Para entender aún más el concepto de II, es fundamental hacer una diferenciación conceptual entre la II y la intolerancia a la ambigüedad (IA). Carleton et al. (2012) refieren que la intolerancia a la ambigüedad se orienta al aquí y ahora (es decir, se centra en situaciones con características ambiguas), mientras que la II está orientada al futuro (es decir, se enfoca en situaciones percibidas como amenazantes debido a sus consecuencias potencialmente negativas). Sin embargo, ambos constructos comparten el mismo miedo central a lo desconocido. Más allá de las diferencias conceptuales entre ambos constructos, la II ha recibido una mayor atención en la investigación clínica, existiendo una basta evidencia de su relación con trastornos ansiosos y afectivos. La II es de naturaleza bidimensional: (a) intolerancia cognitivamente focalizada o prospectiva e (b) intolerancia inhibitoria o focalizada conductualmente. A pesar de que la II es considerada un constructo 31 transdiagnóstico para la ansiedad y la depresión, al parecer sus dimensiones muestran cierta especificidad, ya que la intolerancia inhibitoria suele asociarse con sintomatología de un TOC y la intolerancia prospectiva, más con la fobia social y sintomatología agorafóbica y depresiva (Carleton et al., 2012). II. Bases neuroanatómicas y neurofisiológicas de la II. Con el fin de ampliar el conocimiento de cómo se desarrolla y se produce el mantenimiento de los síntomas relacionados al TAG, surgió el interés en la II, no solo a nivel psicológico sino también desde una perspectiva anatómica y funcional. Así, a lo largo de varios años se han efectuado una serie de estudios que buscan asociar el procesamiento de la II y determinadas estructuras corticales y subcorticales. En la literatura se cuenta con observaciones de la hiperactividad de la ínsula en el TAG. Así mismo, se ha encontrado que puntuaciones en II se correlacionan positivamente con la activación de la ínsula bilateral durante la ambigüedad afectiva en mujeres universitarias; no observándose igual asociación con variables como índice de sensibilidad a la ansiedad y neuroticismo. Esto último puede deberse a que el procesamiento de la experiencia en la II, durante ciertos tipos de emoción, se relaciona con el grado en que la ínsula bilateral procesa la incertidumbre (Simmons et al., 2008). Otros estudios encontraron resultados similares, donde se asocia a la II con una mayor reactividad frente a la incertidumbre, la cual se evidencia en una mayor actividad de la ínsula anterior (Tanovic et al, 2017). La relación entre la II y la ínsula bilateral anterior también ha sido estudiada en un grupo de adolescentes, encontrado resultados no concluyentes. Se ha observado que puntuaciones en la subescala de inhibición de la II son predictivas de la conectividad funcional 32 intrínseca entre la ínsula anterior bilateral y regiones prefrontales derechas. Por su parte, puntuaciones en la subescala prospectiva de la II son predictivas significativamente de la conectividad funcional intrínseca entre la ínsula anterior bilateral y la corteza cingulada anterior (CCA, de aquí en adelante). Las puntuaciones en la escala total no predijeron conectividad funcional intrínseca en la ínsula anterior bilateral. Estas observaciones pueden sugerir que la relación entre la II y la conectividad funcional intrínseca de la ínsula anterior no es exclusiva de la II, sino, más bien, ser un patrón de conectividad más amplio relacionado con la ansiedad (DeSerisy et al., 2020). Por otra parte, en la literatura respecto al tema también se puede encontrar observaciones a cerca de la asociación entre el procesamiento de la incertidumbre y la activación de la CPFM posterior, CPFDL y CCA en mujeres adultas. En particular, la II se correlaciona positivamente con la actividad de la amígdala frente a la incertidumbre (Schienle et al., 2010; Tanovic et al., 2017), y se correlaciona negativamente con la activación de la CPFM durante la incertidumbre. Esto último, puede reflejar que la incertidumbre constituye una amenaza para las personas con alto nivel de II, además de carecer de un mecanismo cognitivo adecuado para enfrentar la incertidumbre (Schienle et al., 2010). Asimismo, patrones neuronales y psicofisiológicos en adultos de ambos sexos sugieren que los individuos con un nivel alto de II perciben de manera desproporcionada a la incertidumbre como una amenaza (Morris et al., 2015). Una perspectiva teórica en auge destaca la inhibición top-down de la amígdala por parte de la CPFVM como un mecanismo neuronal crucial que puede tener defectos en algunos trastornos afectivos y de ansiedad, como el TEPT y la depresión mayor (Myers-Schulz y Koenigs, 2011). 33 III. La II como un proceso transdiagnóstico. El término transdiagnóstico fue inicialmente usado por Fairburn et al. (2003), en el contexto de los problemas de conducta alimenticia (TCA), y ha emergido como un enfoque científico prometedor para la psicología clínica. Desde la psicopatología, el transdiagnóstico implica que la mayoría de los llamados trastornos son producto de manifestaciones conductuales y cognitivas etiopatológicas que actúan de manera causal o mantenedora. Esta aproximación científica tiene su soporte en una aproximación dimensional, pero implica la asunción real de diagnósticos (clasificación categorial). Por ejemplo, en el caso de los TCA, Fairburn et al. mencionan que la conducta perfeccionista en niveles clínicos, la autoestima disminuida y la no tolerancia emocional están involucrados en la anorexia y bulimia nerviosa, además de los TCA atípicos. Así, Fairburn et al., en cuanto al completo espectro de los TCA, sugieren una teoría transdiagnóstica, erigiéndose formalmente de esta manera en la primera teoría de este tipo en la clínica psicológica. Como ya vimos líneas arriba, la II fue propuesta originalmente como una característica específica de la vulnerabilidad hacia el TAG (Ladouceru et al., 1999, en Sandín et al., 2012). En el modelo conceptual/integrador de Dugas y col. sobre la adquisición y mantenimiento del TAG postulan la presencia de cuatro procesos, siendo la II el componente más significativo (Rodríguez y Brenlla, 2015). Sin embargo, posteriormente se ha evidenciado que la II se relaciona con muchos otros trastornos psicológicos, incluidos otros trastornos ansiosos, afectivos y TCA (Araque et al., 2017). Debido a la relación de la II con todos estos trastornos, la II 34 pasó de ser una dimensión cognitiva específica de vulnerabilidad del TAG a ser un factor transdiagnóstico, presente en dichas patologías, contribuyendo a su desarrollo y mantenimiento (Sandín et al., 2012). Mahoney y McEvoy (2012) encontraron que la II es mucho más elevada en diferentes diagnósticos ansiosos y depresivos en relación a una población no clínica, siendo los trastornos estudiados: fobia social, TAG, el pánico con y sin agorafobia y depresión. Asimismo, descubrieron que el número de diagnósticos o grado de comorbilidad en un sujeto está relacionado con el nivel de II, así señalan que hay mayor nivel de II frente a más diagnósticos. En base a lo anterior, estos autores postulan a la II como un constructo transdiagnóstico y tiene implicaciones para la teoría y práctica clínica. Si bien la II es considerada una construcción teórica transdiagnóstica asociada a problemas emocionales ansiosos y depresivos, existe indicios que sus dimensiones (intolerancia inhibitoria e intolerancia prospectiva), puedan asociarse de manera específica con algunos trastornos, ya que la intolerancia inhibitoria se ha relacionado más concretamente con los síntomas del TOC, y por su parte, la intolerancia prospectiva al parecer se asocia más con las fobia social, el pánico, la depresión y la agorafobia (Carleton et al., 2012). La conceptualización de transdiagnóstico posee además una arista aplicada que consiste en llevar a cabo la terapia cognitivo-conductual basada en conceptos psicopatológicos trasndiagnósticos comunes a varios trastornos, lo cual lleva a desarrollar guías terapéuticas que no están enfocadas en trastornos determinados, sino más bien en guías debidamente validadas a un conjunto de trastornos, por ejemplo, trastornos emocionales. Si bien los protocolos de terapia cognitivo 35 conductual dirigidos a trastornos específicos han demostrado ser efectivos, un enfoque transdiagnóstico en la terapia puede ser ventajoso porque se podría abordar factores psicopatológicos comunes de manera simultánea a varios trastornos (Sandín et al., 2012). IV. Evaluación de la II. Existen varias escalas de autoinforme para medir la II, las cuales han ido desarrollándose en la medida que avanzaba la teoría acerca de dicho constructo. La primera escala diseñada para medir la II fue propuesta por Freeston, Rhéaume, Letarte, Dugas y Ladouceur en 1994, en idioma francés, cuyos 27 ítems tienen el objetivo de evaluar respuestas cognitivas, conductuales y emocionales ante situaciones confusas, además de las consecuencias de no ser seguros y tentar el control del futuro (Rodríguez y Brenlla, 2015). Esta versión original tuvo como muestra a estudiantes y demostró una fuerte consistencia interna y validez convergente en relación con las variables: preocupación, neuroticismo, ansiedad y depresión, sin embargo, su estructura factorial no ha sido consistente entre estudios (McEvoy y Mahoney, 2010). Por medio del análisis factorial exploratorio (AFE), Freeston et al. pudieron sustentar un modelo de cinco factores, mientras que la versión en inglés, desarrollada por Buhr y Dugas, encontró sustento para cuatro factores (McEvoy y Mahoney, 2010; Pineda, 2018). Ambos grupos de autores recomendaron utilizar las escalas como un modelo unitario (McEvoy y Mahoney, 2010). Debido a estas diferencias en relación con la estructura del factor, en 2005, Norton realizó una nueva investigación y encontró evidencia de cinco y seis factores y concluyó que la reducción de ítems podría no afectar la confiabilidad de la escala (McEvoy y Mahoney, 2010; Shihata et al., 2016); por su parte, Berenbaum et al. 36 encontraron 4 factores. Tanto Norton como Berenbaum et al. llegaron a sus hallazgos haciendo uso solo del análisis factorial exploratorio para el proceso de sus datos (McEvoy y Mahoney, 2010). Se brindaron principalmente dos explicaciones para las diferencias en la estructura de la escala: (1) el tipo de muestra, al parecer la muestra de estudiantes de pregrado pudo haber limitado la detección de aspectos multidimensionales clínicos relevantes en la II, los cuales solo son separables a nivel patológico. (2) el tipo de análisis factorial, el AFE es de utilidad cuando se construye una escala, pero como trabaja con datos es vulnerable a la variabilidad de las muestras, sin embargo, un análisis factorial confirmatorio (AFC) permite al investigador especificar un modelo y hallar la bondad de ajuste a un conjunto de datos en particular, reduciendo de esta manera la posibilidad de datos espurios que son únicos a una muestra en particular (McEvoy y Mahoney, 2010). En base a lo anterior, Carleton, Norton y Asmundson desarrollaron una versión corta de 12 reactivos con un AFC inicial. Esta escala reducida se correlaciona significativamente con la versión original y ha demostrado una estructura estable bifactorial y una alta consistencia interna, asimismo, la reducción de ítems no afectó la validez convergente. Los factores fueron re-etiquetados por McEvoy y Mahoney como II prospectivo (cognitivo y prospectivo) e II inhibitorio (conductual o paralizante) (McEvoy y Mahoney 2010; Carleton et al., 2012). Por su lado, Sexton y Dugas realizaron un estudio con estudiantes de pregrado y miembros de la comunidad y encontraron una estructura de dos factores con los 27 ítems a través de un AFE y luego fue confirmado por un AFC. Los dos factores demostraron diferencias significativas moderadas en relación con la depresión, 37 neuroticismo y TAG. Los dos estudios identificaron dos factores que se recomendaron como subescalas, sin embargo, para ambas escalas se utilizó una muestra no clínica, esto lleva a no determinar cuál de las dos es válida y confiable para una muestra clínica (McEvoy y Mahoney, 2010). Las escalas anteriores evalúan a la II en general, mientras otros, como el Índice de II (IUI, en inglés), distinguen entre elementos de la II como rasgo y las respuestas cognitivas y conductuales asociadas. Gosselin, Ladouceur, Laverdiere, Evers, Tremblay-Picard y Routhier desarrollaron el Índice de II (IUI, en inglés), escala que consta de 45 ítems y divide en dos partes, distinguiendo entre el rasgo II (Parte A) y seis expresiones conductuales y cognitivas asociadas (evitación, duda, sobreestimación, preocupación, control, tranquilidad; parte B). La escala evidenció una buena confiabilidad, estabilidad temporal y validez convergente e incremental (Shihata et al., 2016). Sin embargo, un estudio reciente realizado el 2020 en España, con una muestra de 494 participantes, concluyeron que la estructura factorial de esta escala no está resuelta y la concepción teórica no está todavía aislada; por tal razón, recomiendan no hacer uso de esta escala y, más bien, utilizar la escala de Freeston et al., hasta que puedan surgir nuevos datos (Rodríguez, 2020). También existen al menos dos escalas para evaluar II en niños. La escala de II para niños (IUSC, en inglés) es la primera medida validada para niños y fue elaborada por Comer, Roy, Furr, Gotimer, Beidas, Dugas, Kendall basada en la escala de 27 ítems de Freeston et al. Otra escala dirigida a niños es la escala IUS-R elaborada por Walker, Birrell, Rogers, Leekam y Freeston, basada en la IUS-12 de Carleton et al. (Shihata et al., 2016). 38 Algunas otras escalas se centran en medir a la II en contextos de situaciones específicas, como la IUS-SS que es una versión adaptada de la IUS-12. La evidencia psicométrica ha demostrado una estructura factorial unitaria, una buena confiabilidad y una buena validez discriminante y convergente. Otras escalas se centraron en categorías de síntomas específicos, como la DSIU de 24 ítems elaborado por Thibodeau, Carleton, Brandt, Boelen, McEvoy, Zvolensky, Mahoney, Asmundson y Deacon. La DSIU comprende ocho subescalas que evalúan a la II en el contexto de varios síntomas de trastornos como TAG, TOC, ansiedad social, ansiedad por la salud, trastorno de pánico, fobia específica, TEPT y trastorno depresivo. El análisis psicométrico evidenció una alta confiabilidad, convergencia y validez de criterio, pero se requieren más estudios para medir la estabilidad temporal y la validez clínica (Shihata et al., 2016). En cuanto a la medición de la II con escalas en idioma español, se cuenta con adaptaciones de la escala original propuesta en francés por Freeston et al. González et al. (2006) realizaron la adaptación española con una muestra de 997 miembros de la Comunidad Autónoma de Canarias. Los cálculos estadísticos demostraron un .91 de consistencia interna y .68 de fiabilidad por estabilidad temporal a las 5 semanas. Se llevó a cabo un AFE con el método de extracción de factores principales y una rotación oblicua (Promax), aislando dos factores. El primero de 16 ítems, al que denominaron incertidumbre generadora de inhibición (afectiva, conductual y cognitiva) con un .93 de consistencia interna. El segundo factor fue de 11 ítems con una consistencia interna de .89, denominado Incertidumbre como desconcierto e imprevisión. Estos datos demostraron que dicha 39 escala es válida y confiable para ser utilizado en inglés y español (Rodríguez y Brenlla, 2015). Asimismo, Rodríguez y Brenlla (2015) llevaron a cabo la adaptación argentina con una muestra adulta de 320 participantes de dos ciudades de Buenos Aires. El análisis estadístico arrojó .93 en la consistencia interna de la escala total y una de .89 para el factor 1 y 2. Se comprobó la estabilidad de las puntuaciones a través de un retest a las 5 semanas. La correlación entre ambos momentos de recolección fue de .47. La presente investigación hizo uso de la Escala de II propuesta por Freeston et al. en su versión en español para el logro de sus objetivos. 3.1.3. FE e II en estudiantes universitarios. Tomando como referencia las bases neuroanatómicas y neurofisiológicas de la II y su asociación inversa con la activación de la CPF medial posterior, la CPFDL y CCA, y su asociación positiva con la activación de la amígdala se explica la relación entre las FE y la II (Schienle et al., 2010 y Tanovic et al., 2017), ya que queda en evidencia la importancia de la CPF en el procesamiento de la incertidumbre, siendo esta área cerebral y sus conexiones considerados responsables de las FE (Carmona y Moreno, 2013). Al respecto, también se conoce qué emociones ligadas a la incertidumbre han sido experimentadas por estudiantes universitarios desde marzo del 2020, ya que no solo estaban sujetos a la incertidumbre de cómo evolucionaba la pandemia, sino también de cómo harían para poder continuar con sus estudios de nivel superior, aun cuando el Estado peruano dispuso una serie de acciones con el fin de atenuar el impacto de la COVID-19. Una de ellas estaba ligada al sistema universitario, en donde se indicó 40 la idoneidad de la educación superior remota. En el Decreto Legislativo 1496 del 10 de mayo del 2020, se establecieron disposiciones en materia de educación superior universitaria. Esto ocasionó una serie de reajustes cognitivos a la forma cómo se impartía y se recibían las clases universitarias (Ministerio de Educación, 2021). Esta incertidumbre sanitaria y educativa de los estudiantes sobre un contexto inusitado en sus vidas estaba muy asociado a sus propias FE, ya que como menciona Portellano y García (2014), estas FE están asociadas, entre otras, con el manejo adecuado de las situaciones nuevas, ya que la capacidad de adaptación es una de sus características primordiales y dar respuesta ante situaciones novedosas, sin experiencia previa. Esta relación entre las FE y II también puede explicarse debido a la conexión entre la II y la ansiedad. La II constituye el componente más significativo en la adquisición y mantenimiento del TAG según el modelo conceptual/integrador de Dugas (Rodríguez y Brenlla, 2015), además de que la II se relaciona también con otros trastornos de ansiedad y trastornos depresivos (Araque et al., 2017). Otros autores como Furlán et al. (2015) también afirman que a mayor sintomatología ansiosa menor rendimiento ejecutivo y viceversa. De igual manera, Kolb y Whishaw (2017) hablan del papel destacado de la CCA, la CPF medial, la COF y el hipocampo en los trastornos de ansiedad y la presencia de una CPFDL adelgazada en sujetos con estrés postraumático. I. FE en estudiantes universitarios Gran parte del conocimiento que se tiene sobre las FE en estudiantes universitarios se debe a los estudios realizados con el objetivo de conocer qué FE se relacionan más con el rendimiento académico, y en muchos casos también se 41 relacionan estas dos variables con alguna variable psicológica. Estos estudios están enfocados en contribuir a un adecuado desempeño universitario. Esta tendencia se ha observado tanto previo, durante y posterior al confinamiento debido a la COVID- 19. Por ejemplo, una revisión sistemática que recopila investigaciones sobre la relación FE-rendimiento académico entre 2008 y 2018, donde se publicaron más de 30 artículos en diversos países, dejó en evidencia un aumento considerable de investigaciones respecto a las FE en estudiantes universitarios a partir de 2008 (Besserra-Lagos et al., 2018). Además de haberse asociado determinadas FE con el rendimiento académico, también se ha evidenciado un buen desarrollo de las FE como constructo en general en la población universitaria. Para Gutiérrez-Ruiz et al. (2020), el despliegue de las FE en universitarios se encuentra en un nivel dentro de lo esperado. Por su parte, Ortiz (2022) afirma que los estudiantes universitarios presentan un desarrollo adecuado de las FE, sin embargo, resaltan que el control emocional se ha visto afectado por el impacto negativo de la pandemia a nivel personal, familiar y social. Por su parte, Molina et al. (2021) mencionan que existe un fuerte impacto de la escolaridad sobre un gran número de FE, ya que demostraron que existen diferencias significativas al comparar el rendimiento en FE en sujetos con escolaridad básica y universitaria. Así, Casey et al. (2000) postularon que debido a que la corteza pre-frontal es la estructura cerebral que alcanza su madurez más tardíamente, esta es sensible en mayor medida a las condiciones ambientales, siendo un ambiente escolar estructurado una de las mejores condiciones para el desarrollo de las FE. Por otro lado, Flores et al. (2011) señalaron que las FE, no son solo 42 sensibles a la escolaridad sino lo son más aún al efecto de la actividad escolar, ya que estudiantes adolescentes presentan un mejor desempeño en FE al compararlo con el rendimiento de trabajadores con estudios escolares culminados, es decir, el estudiar en sí brinda una mayor estimulación de las FE en comparación al grado de escolaridad alcanzado. II. II en estudiantes universitarios La II es una variable de relevancia en población universitaria dado que constituye un sesgo cognitivo que guía y filtra hacia una percepción negativa de las situaciones inciertas, además de añadir una excesiva e incontrolable preocupación posterior (Toro et al., 2018), es decir, en base a la literatura se sabe que niveles altos de II están asociados con una mayor tendencia a la identificación de dificultades potenciales y a sobredimensionarlos (Gentes y Ruscio, 2011). Los estudiantes universitarios en sí son una población vulnerable a trastornos clínicos como la ansiedad y depresión debido a que la educación superior implica mayores exigencias académicas en comparación con los niveles anteriores, por tanto, estas exigencias pueden constituir uno de los factores que ocasionan la sintomatología ansiosa y depresiva en universitarios (Ruvalcaba et al., 2021). Por su parte, las consecuencias psicológicas de la pandemia por la COVID- 19 han sido numerosas, generando miedos, problemas de sueño y síntomas emocionales como la depresión y la ansiedad, siendo la II uno de los más poderosos predictores del impacto de la COVID-19, como factor de vulnerabilidad/riesgo, es decir, que aquellos sujetos con bajos niveles de II parecen verse menos afectados por el impacto negativo de la pandemia (Sandín, Valiente García-Escalera y Chorot, 2020 y Sandín, Chorot, García-Escalera y Valiente, 2021). Este impacto producto 43 de la COVID-19 también se observa de manera específica en la población universitaria, ya que han presentado niveles ansiosos y depresivos por encima de lo esperado, además de otras alteraciones psicológicas (Restrepo et al., 2022; Rodríguez et al., 2020 y Izurieta-Brito et al, 2022). El interés sobre la II se ha incrementado en la población en general y de manera específica en los universitarios debido a la COVID-19. Zhuo et al. (2021) mencionan que la II en estudiantes universitarios de Wuhan durante la pandemia fue alta, lo que evidenció que los estudiantes experimentaran dificultades en su salud mental, sin embargo, señalan que las mejoras en las medidas de apoyo social podrían amortiguar el efecto de la II sobre esta. Por su parte, Duman (2020) sostiene que el miedo a la enfermedad por la COVID-19 y la II en universitarios turcos fueron moderados. De igual manera, Piyakun (2022) sostiene que las puntuaciones en II se situó en un nivel moderado en estudiantes universitarios tailandeses. Asimismo, Astudillo et al. (2021) refieren que la población universitaria colombiana presenta niveles de II dentro de un puntaje medio, es decir, muestra moderada II. III. FE e II según sexo Si bien la literatura nos indica que las FE en estudiantes universitarios se encuentran dentro de los niveles esperados, entre un nivel moderado y alto (Gutiérrez-Ruiz et al., 2020; Ortiz, 2022), también existen evidencias de diferencias entre mujeres y varones. A través de la neuroimagen se ha demostrado que la COF es de menor tamaño en los varones, lo que evidencia un mayor control conductual- emocional en las mujeres. Los varones muestran tendencia a la impulsividad debido a la producción de testosterona. Asimismo, las mujeres presentan un mejor 44 desempeño en control inhibitorio en la fase postovulatoria del ciclo menstrual debido a la actividad de la progesterona, sin embargo, en etapas diferentes su rendimiento es equivalente al de los varones. La progesterona es conocida por potenciar el funcionamiento cognitivo en las mujeres. Por su parte, las diferencias en la actividad bilateral de los hemisferios cerebrales en las habilidades lingüísticas favorecen el rendimiento en clasificación semántica y memoria de trabajo verbal en las mujeres (López y Orozco, 2014 y Quesada, 2018). También se ha demostrado un mejor desenvolvimiento en labores de memoria de trabajo (incluida la visoespacial) y en planeación en los varones y mayor flexibilidad cognitiva en las mujeres (López y Orozco, 2014). Un estudio sistemático evidenció que las redes neuronales tenían diferencias sexuales asociadas a las FE, lo que sugiere que las diferencias sexuales en las FE se deben a las experiencias y estrategias cognitivas utilizadas para hacer frente a las demandas ambientales (Vilca, 2021). Por otro lado, durante la pandemia se ha observado un incremento de trastornos emocionales relacionados con la II tanto en mujeres y varones universitarios, sin embargo, existen diferencias en la intensidad según el sexo (Izurieta-Brito et al., 2022). Autores indican mayores niveles de II (Del Valle et al., 2020a; Doruk, Dugenci, Ersöz y Öznur, 2015), ansiedad (Izurieta-Brito et al., 2022) y depresión (Rodríguez et al., 2020) en las mujeres al constrastarlos con los varones. Como ya sabemos, tanto para la ansiedad como para la depresión, la II constituye el mayor predictor (Del Valle et al., 2020a). Asimismo, se sabe que las mujeres presentan una predisposición a padecer TAG, en relación 2:1 con los varones, más aún cuando estas se encuentran en edad con capacidad reproductiva presentan mayor susceptibilidad a sufrir trastornos ansiosos (Goncalves y Rodríguez, 2015). 45 Asimismo, las mujeres hacen frente a más estresores sociales, ya que se perciben mermadas por la violencia de género y violencia intrafamiliar (Lara, 2019). De igual manera, ya que las mujeres están más enfocadas atencionalmente a sus sentimientos, tienden más a la rumiación, provocando el incremento de síntomas ansiosos y depresivos (Barraza-López et al., 2017). Si bien la incertidumbre ha sido una reacción comprensible ante la pandemia en la población en general, y en especial en la población universitaria, la II parece predisponer a un mayor malestar psicológico al hacer frente a situaciones como la vivida con la COVID-19 (Del Valle et al., 2020b). IV. FE e II según grupo etario Las FE son habilidades que se desarrollan desde etapas tempranas y cuentan con hitos a lo largo de su proceso madurativo, siendo uno de ellos la edad entre 20 y 25 años, donde se terminan de consolidar como elemento rector de los procesos cognitivos, en base a esto se espera que hacia los 25 años las FE se encuentren en la culminación de su desarrollo y maduración (López-Cárdenas y Ramos-Galarza, 2020). Muy probablemente sea esta una de las razones por las que muchas investigaciones realizadas en estudiantes universitarios tienen como uno de sus criterios de inclusión un punto de corte en los 25 años. Un ejemplo es el estudio de De la Peña y Bernabéu (2018) que relacionaron las FE y la creatividad en estudiantes universitarios de psicología en España con un tope de 25 años. En Sudamérica, contamos con dos ejemplos, por un lado, Gualpa-Naranjo et al. (2019) asociaron las FE y la regulación del aprendizaje en estudiantes ecuatorianos de diversas carreras con un máximo de edad de 25 años y; posteriormente, Álvarez et 46 al. (2020) estudiaron la atención, memoria y FE en estudiantes colombianos de la carrera de ingeniería con edad máxima de 25 años. El rango de edad con un corte en los 25 años de edad también presenta particularidades respecto a aspectos relacionados con la salud mental, siendo la II una de las variables que sustentan dichos problemas, específicamente, el rango de 20 y 25 años de edad (adultos jóvenes) es considerado un periodo donde la mayoría de problemas de este tipo surgen debido a que este ciclo vital presenta complejos desafíos de desarrollo. Asimismo, también se señala que está documentado que los estudiantes universitarios jóvenes presentan comúnmente mayores problemas de salud mental que los jóvenes de la misma edad que no asisten a la universidad. Es así que la vida universitaria sería una etapa que implica el seguimiento de normas específicas, situación que vulnera a los estudiantes a nivel de su salud mental (Abarca, 2022). Más aún estos problemas a nivel psicológico se agudizaron debido a la COVID-19. Encontrando medidas superiores a la media en ansiedad, estrés y depresión en jóvenes de hasta 25 años, teniendo la ansiedad y la depresión un factor común que las sustentan, la II. De igual manera, los adultos mayores de 25 años presentan similares niveles de síntomas ansiosos y depresivos que los adultos jóvenes, en comparación con los adultos mayores, inclusive, los adultos mayores de 60 años muestran puntuaciones más altas respecto al bienestar psicológico y salud mental. Específicamente, la II está presente en mayor medida en los adultos jóvenes (por debajo de los 25 años de edad) en comparación los adultos medios (encima de los 25 años) y adultos mayores (Eidman et al. (2020). 47 V. FE e II según tipo de gestión educativa En cuanto a diferencias encontradas en FE en estudiantes universitarios que provienen de instituciones privadas y públicas, autores señalan que aquellos de universidades privadas muestran en mayor porcentaje de deficiencias en comprensión lectora en relación a aquellos de universidades públicas, lo que está relacionado con un menor desarrollo de FE como la flexibilidad cognitiva y la memoria de trabajo (Chino y Zegarra, 2019). En general, los estudiantes universitarios se ven afectados por el contexto universitario en sí, que los lleva a que un porcentaje considerable presenten niveles moderados y altos de II, el contexto de la COVID-19 ha incrementado aún más las situaciones de incertidumbre a las que se ven expuestos (Izurieta-Brito et al., 2022). Sin embargo, existen diferencias entre aquellos provenientes de una institución pública y los que son de una privada. Si bien no se cuenta con mucha literatura respecto a diferencias en la manera que se presenta la II en universitarios de acuerdo al tipo de gestión de su institución, autores indican que quienes son de centros privados presentan niveles elevados de sintomatología clínica, sin embargo, son los universitarios de instituciones nacionales quienes exhiben mayores índices de ansiedad y depresión, cuadros clínicos ligados a la II, esto se ha observado tanto en estudios previos a la pandemia (Sánchez-Marín et al., 2016; Benites y Mayorga, 2019) como posterior a la misma (Montero et al., 2022). Se evidencia también que quienes tienen ingresos financieros disminuidos, tienen a presentar más síntomas ansiosos y depresivos en contraste con los que poseen una economía estable (Pego et al., 2018). Específicamente en el contexto de la COVID-19, las razones para estos mayores índices en estudiantes de universidades públicas están ligadas a la 48 imposibilidad de aportar a la economía de su hogar, ya que la pandemia hizo imposible obtener ingresos con actividades como el dictado de clases particulares escolares, asimismo, también están relacionadas con la forma de recibir sus clases virtuales, debido a que en su mayoría solo podían recibirla mediante sus celulares y con una calidad de señal oscilante (Shafiq et al., 2021). Sin embargo, no se puede negar que ambos grupos se han visto expuestos a una alta incertidumbre, como la posibilidad de retraso en su formación profesional y la posterior demora en la obtención del título universitario, que los afectaría económicamente (Schienle et al., 2009 y Tanovic et al., 2017). 3.2. ANTECEDENTES DE ESTUDIO A continuación, se mencionan algunas investigaciones relacionadas con las variables de estudio. 3.2.1. Investigaciones internacionales. Koerner y Dugas (2008) realizaron una investigación con 199 estudiantes universitarios de Concordia con promedio de edad de 23.63 años. El fin de su estudio fue evidenciar el papel de la II en la preocupación excesiva. Se hicieron medidas de autoinforme a través del Cuestionario de preocupación y ansiedad (WAQ) y el Cuestionario de preocupación de Pensilvania (PSWQ), el Cuestionario de dominios de la preocupación – Formulario corto (WDQ-SF), la Escala de depresión del Centro de Estudios Epidemiológicos (CES-D) y el Inventario de ansiedad de Beck (BAI). Entre sus resultados, se resalta que se hallaron porcentajes similares con bajo y alto nivel de II, siendo un poco más alta el porcentaje con niveles bajos de incertidumbre. 49 Vasic et al. (2008) investigaron la relación entre la activación del córtex cingulado anterior y el córtex prefrontal dorsolateral y el procesamiento de memoria de trabajo. La muestra fue de 14 sujetos diagnosticados con depresión mayor con una media de 37 años y 14 sujetos sanos con edad media de 32 años. Para recolectar información se usó un paradigma de memoria de trabajo verbal, imágenes de resonancia magnética funcional y técnicas estadísticas multivariantes. Hallaron un patrón de conectividad funcional disminuido en pacientes deprimidos y que los controles sanos mostraron una mayor conectividad en comparación con los pacientes deprimidos. Podemos interpretar estos resultados que a menor nivel de II (reflejado en la ausencia de un diagnóstico de depresión mayor), mayor conectividad del córtex cingulado anterior y el córtex prefrontal dorsolateral, y viceversa. Schienle et al. (2010) investigaron la influencia de la II y la preocupación habitual en los correlatos neuronales de la incertidumbre afectiva a través de la utilización de neuroimágenes. La muestra estuvo conformada por 30 mujeres sin antecedentes de enfermedad neurológica o psiquiátrica, con un promedio de edad de 23 años. Las técnicas utilizadas fueron una entrevista clínica estandarizada, la Escala de II (EII), el Cuestionario de preocupación de Penn State (PSWQ) y un experimento (vieron una señal de advertencia que siempre precedía a una imagen aversiva, una señal de seguridad que siempre precedía a una imagen neutral y una señal de incertidumbre que indicaba que podría mostrarse una imagen aversiva o neutral). Entre sus resultados resaltan: (a) el procesamiento de la incertidumbre se asoció con la actividad del córtex frontomediana posterior, el córtex prefrontal dorsolateral y el córtex cingulado anterior, (b) la II y la preocupación habitual se 50 correlacionaron positivamente con la actividad de la amígdala durante la incertidumbre experimentada, (c) la II se correlacionó negativamente con la actividad del córtex prefrontal medial. Estos resultados podrían reflejar que la incertidumbre es una amenaza para las personas con alto contenido de II y que carecen de un mecanismo cognitivo adecuado para hacer frente a la incertidumbre. Visu-Petra et al. (2013) estudiaron el vínculo entre las diferencias individuales en ansiedad y el funcionamiento ejecutivo en una muestra de ambos sexos de 94 adultos jóvenes entre 19 y 33 años, estudiantes de una institución universitaria pública, con una media de edad de 22.46 años. Las FE de actualización, inhibición y cambio de tarea (shifting) fueron medidas a través del Sistema de Evaluación Cognitrom (CAS++) y la Batería de evaluación automatizada de la memoria de trabajo. Por su parte, la ansiedad fue evaluada mediante la Escalas Multidimensionales de Ansiedad de Endler (EMAS). Encontraron que la eficacia del cambio y la inhibición estaba negativamente relacionada con la ansiedad estado y rasgo (que reflejan niveles de II). Gustavson et al. (2018) ejecutaron un estudio con 1 207 gemelos con una edad media de 62 años con el objetivo de relacionar las FE con los síntomas ansiosos y depresivos. Los instrumentos utilizados fueron: Test de STROOP, el subtest de secuenciación letra-número de la subescala de memoria de la Escala Wechsler, una tarea de amplitud de lectura, el subtest de dígitos hacia adelante y hacia atrás de la Escala de memoria de Wechsler, el test Trail Making Test, una prueba de fluencia verbal, la Escala de depresión del Centro de Estudios Epidemiológicos (CESD), el Cuestionario de ansiedad estado-rasgo (STAI), y una prueba de clasificación de las fuerzas armadas para obtener una medida de la 51 capacidad cognitiva general. Sus hallazgos sugieren que repercusiones genéticas de las FE juega un rol en el solapamiento genético observado entre la ansiedad y la depresión. Asimismo, que un menor desempeño en FE se relaciona con una mayor II, reflejada en niveles altos de ansiedad rasgo y depresión. Chico (2019) llevó a cabo una investigación con 61 estudiantes universitarios con el objetivo de especificar en qué nivel estaban desarrolladas las FE de inhibición y planificación. Se trató de un estudio descriptivo, transversal, no probabilístico e intencional. Se evaluó a los participantes a través de la Prueba de anillo para medir planificación y el Test de STROOP para evaluar la capacidad de inhibición. Entre otros, concluyeron que los estudiantes universitarios de la muestra presentaron un desarrollo adecuado de sus FE, específicamente, la capacidad inhibitoria y la planificación. Gutiérrez-Colina et al. (2020) contaron con la colaboración de 378 universitarios que tenían entre 18 y 25 años, y que cursaban psicología en Estados Unidos en una institución universitaria con gestión pública, quienes fueron invitados a participar en la investigación vía online. Tuvieron como fin el establecer el rol de las FE en la autogestión de la salud y la transición a la vida adulta. La recolección de datos se dio a través de la versión para adultos del Cuestionario de evaluación conductual de la función ejecutiva (BRIEF-A), el Cuestionario de evaluación de la preparación para la transición (TRAQ) y el Cuestionario de preparación para la transición (RTQ). Hallaron que las mayores dificultades en FE se asociaron con una menor II reflejada en una menor preparación para la transición a la vida adulta. Concluyeron que las FE son un aspecto clave del desarrollo de la autogestión de la salud y de la preparación para la transición. 52 Lytvyn (2020) ejecutó una investigación con el fin de establecer el efecto de la tolerancia a la incertidumbre sobre las FE. Participaron 55 sujetos entre 21 y 66 años con trauma psicológico y un grupo control de 55 sujetos entre 22 y 67 años. A ambos grupos se le aplicó: el Nuevo cuestionario de tolerancia-II, la Tarea de juego de Iowa, la Escala de TEPT (administrada por un médico) y la prueba STROOP. Concluyendo que (a) la tolerancia a la incertidumbre puede aliviar las manifestaciones de disfunción ejecutiva en sujetos con antecedentes de trauma psicológico, (b) la II interfiere en el funcionamiento normal de las FE en personas sin antecedentes de trauma psicológico y (C) el trauma psicológico provoca un aumento de la intolerancia interpersonal a la incertidumbre de tal manera que no está asociada a la disfunción ejecutiva Çutuk (2021) efectuó una investigación con 378 universitarios de pregrado y egresados, los cuales tenían entre 18 y 45 años, cuya media fue de 28.7. El objetivo fue examinar el rol que cumplen los procesos de regulación emocional en la relación entre la II y la flexibilidad cognitiva. Los instrumentos utilizados fueron el Inventario de flexibilidad cognitiva (CFI), la Escala de procesos de regulación emocional (ERPS) y la Escala de II (IUS). Hallaron que poca flexibilidad cognitiva afecta negativamente a los procesamientos regulación emocional, reflejada en una baja II. Zeynep (2021) ejecutó un estudio con 378 estudiantes universitarios para determinar el vínculo entre la flexibilidad cognoscitiva y la II y la relación entre la regulación emocional y la II. Aplicó el Inventario de flexibilidad cognitiva, la Escala de procesos de regulación de las emociones y la Escala de II (IUS). Se halló una correlación negativa entre la II y la flexibilidad cognitiva y una correlación 53 positiva entre la regulación emocional y la flexibilidad cognoscitiva concluyendo que una baja flexibilidad cognitiva afecta negativamente a los procesos de regulación emociona, lo que se traduce en una baja tolerancia a los eventos de incertidumbre. Seyed Purmand et al. (2022) efectuaron un estudio causal-comparativa con el objetivo de comparar la flexibilidad cognoscitiva y la memoria de trabajo en sujetos con alto y bajo nivel de preocupación e II. Participaron 100 sujetos, a quienes se les evaluó con el Cuestionario de preocupación de Pensilvania (PSWQ), la Escala de II (IUS), el Test de STROOP y el test N-Back. Concluyeron que la flexibilidad cognoscitiva y la memoria de trabajo en sujetos con alto nivel de preocupación e II tienen descensos significativos y viceversa. 3.2.2. Investigaciones nacionales Canales et al. (2017) desarrollaron una investigación para evaluar si existen diferencias en cuanto al nivel del juicio moral y en las funciones neuropsicológicas ejecutivas en universitarios de tres instituciones, tomando en cuenta aspectos socioculturales. Participaron 48 universitarios de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 77 de la Universidad de Huancavelica y 84 estudiantes de instituto pedagógico superior de Ayacucho en la evaluación del juicio moral. En el estudio de las FE participaron 23 universitarios de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 20 de la Universidad de Huancavelica y 15 alumnos de la Universidad de Huamanga. Las FE fueron evaluadas a través de la Batería de funciones ejecutivas BANFE, y el juicio moral con la adaptación del SROM de Gibbs y Widaman. Entre los resultados, sobresale que el 87% de los estudiantes limeños no tiene alteraciones 54 en las funciones ejecutivas de manera general, que el 8.7% tiene alteraciones entre moderada y leve, y solo el 4.3% presenta una alteración severa. Zapata (2018) ejecutó una investigación descriptivo-correlacional con el fin de establecer la asociación existente entre la memoria de trabajo, la ansiedad y el rendimiento académico. Participaron 205 estudiantes entre 18 y 23 años de un ISTP en el distrito de SMP. Los instrumentos utilizados fueron 3 subtests de la tercera edición de la Escala de inteligencia para adultos de Weschler (Secuencia de números y letras, Aritmética y Retención de dígitos), el promedio del estudiante en un semestre académico y el Inventario de ansiedad rasgo-estado (IDARE). Entre sus hallazgos resalta una correlación negativa entre ansiedad rasgo (que pone en evidencia niveles altos de II) y memoria de trabajo (que constituye una de las FE más estudiada en la literatura). Angulo et al. (2020) llevaron a cabo una investigación con el propósito de valorar si existen diferencias en la toma de decisiones y el funcionamiento ejecutivo en base a la religión. Se contó con la participación 82 estudiantes de diversas profesiones de la universidad de privada de la ciudad de Arequipa. Se utilizó como herramientas el IOWA Gambling, el Eriksen Flanker y un formulario de creencias. Se encontró como datos relevantes que no se observaron diferencias significativas entre las variables de toma de decisiones y funcionamiento ejecutivo en base a la religión, además hallaron un adecuado desarrollo de las funciones ejecutivas en los participantes, explicando esto como producto de la madurez cerebral y la eficacia del procesamiento cognitivo que esto implica. Matos y Sánchez (2022) realizaron una investigación con el propósito de identificar la prevalencia de variables como la incertidumbre y su asociación con 55 indicadores de desajustes psicosocial comportamental en tres grupos diferenciados por la edad. En total, participaron 349 personas que residían en Lima Metropolitana. Se recolectó información con el Inventario de Desajuste del Comportamiento Psicosocial 2021 (INDACPS-2021). La recolección se hizo a través de un formulario de Google. Se subraya que el criterio primigenio de los investigadores consistió en considerar muestras diferenciadas según edad, además de tener en cuenta otras variables. Entre los hallazgos, se destaca que los jóvenes adultos tenían un nivel alto de incertidumbre y que este era estadísticamente menor al que experimentaban personas de mayor edad. Vilca (2021) llevó a cabo una investigación con la finalidad de evaluar si el sexo juega un rol moderador entre la asociación de las FE y la procrastinación académica. Participaron 106 estudiantes universitarios con edades entre 18 y 30 años. Se utilizaron dos instrumentos de medición, la Escala de Procrasti